El ABC de los Pueblos Indígenas en Situación de Aislamiento y Contacto Inicial (PIACI): Rompiendo mitos en torno al debate sobre su existencia y derechos constitucionales

El ABC de los Pueblos Indígenas en Situación de Aislamiento y Contacto Inicial (PIACI): Rompiendo mitos en torno al debate sobre su existencia y derechos constitucionales

CEDIA OPINA

Antes que nada, debemos tener claro lo siguiente: los pueblos indígenas en situación de aislamiento (PIA) son protegidos por el Estado peruano debido a su alta vulnerabilidad. Pero surge una pregunta importante: ¿cómo sabe el Estado peruano que estos pueblos existen y dónde se encuentran? 

Foto: CEDIA

Todo inicia con una solicitud que puede ser presentada por un gobierno regional, un gobierno local, una institución académica, una organización indígena o una comunidad nativa. En esta solicitud se señala que existen indicios de la presencia de pueblos en aislamiento en una zona específica. A partir de ello, el Estado debe verificar si esos indicios son reales, ya que su responsabilidad es proteger a estas poblaciones. Para ello necesita confirmar si efectivamente existen en el lugar señalado, identificar qué pueblos indígenas podrían ser o con qué otros pueblos podrían estar emparentados. Para responder a estas preguntas se realiza un estudio denominado Estudio Previo de Reconocimiento. Si el Estado confirma la existencia de estos pueblos en el área donde se presumía su presencia, el siguiente paso es reconocer el territorio en el que desarrollan sus vidas. De manera similar a cuando se delimita un terreno, se lleva a cabo un Estudio Adicional de Categorización, mediante el cual se determina el espacio por el que se desplazan estos pueblos. Esto también permite que el Estado tenga claro dónde debe implementar los mecanismos necesarios para su protección. Los territorios que resultan de este proceso reciben el nombre de Reservas Indígenas.

Es importante señalar que, por razones que explicaré más adelante, la ley prohíbe ir a buscarlos con el fin de contactarlos. Por ello, estos estudios se realizan mediante metodologías de recolección de información indirecta, es decir, sin establecer contacto con los pueblos en aislamiento. Con este marco en mente, podemos continuar revisando algunos mitos que se han ido tejiendo con el tiempo sobre los pueblos indígenas en aislamiento.

Mito #1: Los pueblos indígenas en aislamiento y contacto inicial son poblaciones primitivas o prístinas

Hace aproximadamente 300 mil años nuestra especie apareció después de un largo proceso evolutivo en algún lugar al este del continente africano, estos pueblos mal llamados “primitivos” o “cavernícolas” fueron bastante organizados si bien con tecnologías abismalmente menos complejas con las que contamos en la actualidad se las arreglaron para ser excelentísimos cazadores, muy especializados, y recolectores hábiles para subsistir en un mundo que estaba por descubrirse. Tenían un pensamiento complejo y lo sabemos por las pinturas que encontramos en cuevas o petroglifos en piedras. Lamentablemente la televisión, el cine o documentales refuerzan la idea de que estos seres humanos eran intelectualmente inferiores, sin capacidades cognitivas o seres rudos y sin emociones.

Muchas personas cometen el error de comparar a los PIA con nuestros ancestros que vivieron hace miles de años, los cuales son dos escenarios completamente diferentes: nuestros ancestros vivieron de una forma específica porque el mundo entero era así en ese momento y los PIA, en cambio, han elegido su forma de vida por razones muy distintas y, a menudo, trágicas. Una de las principales razones por las que han optado por este modo de existencia es lo acontecido en el proceso de colonización del siglo XVII o actividades extractivas en la industria del siglo XX, donde sus antepasados fueron diezmados, violentados y hasta esclavizados, situaciones que los condujeron al aislamiento en el bosque amazónico buscando proteger su supervivencia como pueblo; condiciones que se vienen repitiendo al día de hoy debido a que actividades ilegales amenazan sus territorios.


«Muchas personas cometen el error de comparar a los Pueblos Indígenas en Aislamiento (PIA) con nuestros ancestros que vivieron hace miles de años, los cuales son dos escenarios completamente diferentes: nuestros ancestros vivieron de una forma específica porque el mundo entero era así en ese momento y los PIA, en cambio, han elegido su forma de vida por razones muy distintas y, a menudo, trágicas»


Estos pueblos, debido a su apariencia, como el uso mínimo de vestimenta o el hecho de desplazarse sin calzado, han sido denominados por algunos sectores con el apodo de “calatos”. Esta forma de referirse a ellos puede haber llevado a asociarlos, en el imaginario popular, con la idea de los “hombres primitivos”.

Sin embargo, esta comparación resulta equivocada. El estilo de vida de los pueblos indígenas en aislamiento no responde a un supuesto retraso en su desarrollo cultural, sino a una forma particular de organización de la vida en el territorio. Los PIA no se establecen de manera permanente en un solo lugar. Por el contrario, se desplazan continuamente dentro de su territorio, cazando y recolectando alimentos, al mismo tiempo que procuran mantener su condición de aislamiento frente a la sociedad circundante.

Este modo de vida implica la necesidad de una cultura material ligera y funcional, que les permita moverse con facilidad. En ese sentido, su vestimenta, o la ausencia de ella, así como las herramientas que utilizan, no son señales de atraso, sino adaptaciones prácticas a una vida de movilidad constante en el bosque.

Foto: CEDIA

Mito #2: Los PIA son poblaciones que no han tenido contacto en absoluto

Este mito está estrechamente ligado al anterior: la creencia de que los PIA son pueblos prístinos, es decir, sociedades que existirían en un estado “puro”, sin haber sido alteradas por la sociedad circundante. Bajo esta idea, se suele asumir que estos pueblos no serían plenamente conscientes del mundo que los rodea, de esa civilización que les resulta ajena y que temen. En el imaginario popular, casi se les representa como si se trajera a un hombre del Paleolítico mediante una máquina del tiempo para enfrentarlo de pronto a los avances de la vida moderna.

Ante esta imagen surge una pregunta legítima: ¿cómo es posible que, a estas alturas, hayan permanecido ocultos durante tanto tiempo? Aquí aparece un elemento clave que suele generar confusión. El término “no contactados” puede inducir a error por una razón importante: los pueblos indígenas en aislamiento sí mantienen contacto. Lo que ocurre es que ese contacto no se da en los términos convencionales de interacción permanente o integración con la sociedad nacional, sino de maneras mucho más complejas, indirectas y, en muchos casos, esporádicas.

Muchos pueblos en aislamiento en el pasado tuvieron relaciones más sostenidas con la sociedad circundante antes de decidir aislarse por los motivos ya expuestos (o cualquier otro motivo que los haya movido), eso quiere decir que estas personas son totalmente conscientes de que más allá de su mundo hay otro, lo fueron en el pasado y lo son ahora. Es común que surja la duda sobre cómo los PIA tienen acceso a herramientas modernas como hachas o machetes si supuestamente no tienen contacto con la sociedad circundante. Esta pregunta, sin embargo, parte de una premisa errónea: el aislamiento no es sinónimo de incomunicación total. Muchos pueblos indígenas en aislamiento se acercan ocasionalmente a poblaciones vecinas o a otros grupos humanos ubicados cerca de sus territorios, como campamentos madereros o comunidades, por diversos motivos. En algunos casos lo hacen para obtener herramientas de metal, alimentos u otros bienes, y en otros para ahuyentar a personas extrañas que han ingresado a sus territorios, entre muchas otras razones.

Estamos muy acostumbrados a pensar las relaciones entre grupos humanos únicamente en términos positivos o cercanos, como la amistad o el compadrazgo. Sin embargo, solemos olvidar que los contactos selectivos o incluso el propio aislamiento también constituyen formas de relación social. El aislamiento, en realidad, no significa desconocimiento del mundo exterior, sino que se basa precisamente en la conciencia de la existencia de “otros”. Un grupo no podría decidir aislarse si no supiera que existen otros grupos de los cuales necesita protegerse o mantener distancia.


«El término “no contactados” puede inducir a error por una razón importante: los pueblos indígenas en aislamiento sí mantienen contacto. Lo que ocurre es que ese contacto no se da en los términos convencionales de interacción permanente o integración con la sociedad nacional, sino de maneras mucho más complejas, indirectas y, en muchos casos, esporádicas»


 Mito #3: Los PIA son un invento de los que se oponen al desarrollo

Este mito surge, en parte, como resultado de la normativa que regula el acceso a la información sobre los estudios y las metodologías utilizadas para identificar a estos pueblos y delimitar sus territorios. Estas restricciones han generado cierto escepticismo en algunos sectores de la población, especialmente entre quienes están acostumbrados a la lógica del “ver para creer”. Desde esa perspectiva, es comprensible que surjan preguntas como: ¿por qué no podemos buscarlos?, ¿por qué no se muestran imágenes de estas personas? o ¿qué se está ocultando al no permitir el acceso completo a los estudios o a toda la información?

Para muchas personas, la única manera de comprobar su existencia sería mediante fotografías, videos o incluso expediciones que permitan llegar hasta los lugares donde se encontrarían, con el fin de “verificar” que realmente están allí. Sin embargo, esta forma de pensar pasa por alto principios jurídicos y criterios de protección fundamentales que orientan la manera en que el Estado debe actuar frente a los pueblos indígenas en aislamiento. Por ello, aprovecharé este punto para explicar algunos de estos principios y cómo influyen en la forma en que se realizan los estudios y se maneja la información. Como veremos, lejos de ser un ocultamiento arbitrario, se trata de la forma más razonable y responsable de proceder.

Hace aproximadamente cuatro años la humanidad fue golpeada por la pandemia de la COVID-19, un episodio que nos recordó cuán vulnerables podemos ser frente a virus desconocidos. Miles de personas murieron en todo el mundo porque sus sistemas inmunológicos no estaban preparados para enfrentar ese nuevo invasor. Ahora imaginemos esta situación en el caso de los pueblos indígenas en aislamiento (PIA). Sus cuerpos, al igual que los nuestros frente al COVID en los primeros momentos de la pandemia, no están preparados para enfrentar muchas de las enfermedades que circulan en nuestra sociedad, frente a las cuales nosotros ya hemos desarrollado defensas, tratamientos o vacunas. Un contacto directo podría, por tanto, poner en riesgo su propia existencia, todo ello solo por el afán de ir a buscarlos o de “comprobar” que están ahí. Y esto no es únicamente un escenario hipotético. Ya ocurrió en la historia. Hace cinco siglos, cuando los colonizadores europeos llegaron a América, las enfermedades que trajeron consigo, como la viruela o el sarampión, diezmaron a gran parte de la población indígena del continente, precisamente porque sus organismos no tenían defensas frente a esos nuevos patógenos.

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Es sobre esta experiencia histórica y este riesgo sanitario que se sustenta el Principio de No Contacto, uno de los pilares de la protección de los pueblos indígenas en aislamiento. Este principio se encuentra estrechamente relacionado con otro igualmente importante: el Principio de Autodeterminación, que en términos simples establece que debemos respetar la decisión de estos pueblos de vivir en aislamiento, y que el Estado tiene la responsabilidad de garantizar que esa decisión pueda mantenerse.

Todos vivimos bajo normas y códigos de comportamiento que guían la forma en que nos relacionamos en distintos espacios: en la familia, en el trabajo o entre amigos. Probablemente no solemos pensar en ello, porque forman parte de nuestra vida cotidiana. Lo hacemos todos los días y se ha vuelto algo “normal” para nosotros: saludar al vecino, estrechar la mano de un amigo o abrazar a nuestros padres. Sin embargo, no actuamos de la misma manera con un desconocido o con alguien en quien no confiamos. En esos casos, esperamos que las demás personas comprendan y respeten esos códigos, pues son los que nos permiten convivir con tranquilidad y sentirnos seguros. Con los pueblos indígenas en aislamiento (PIA) ocurre algo similar, aunque sus códigos culturales y sociales son distintos a los nuestros. Lo que para nosotros podría parecer un acercamiento inofensivo o incluso amistoso, para ellos puede interpretarse como una amenaza. En esas circunstancias, un intento de contacto no solo sería inapropiado, sino que podría terminar en un encuentro violento o en una situación peligrosa para ambas partes.


«Para muchas personas, la única manera de comprobar su existencia sería mediante fotografías, videos o incluso expediciones que permitan llegar hasta los lugares donde se encontrarían, con el fin de “verificar” que realmente están allí. Sin embargo, esta forma de pensar pasa por alto principios jurídicos y criterios de protección fundamentales que orientan la manera en que el Estado debe actuar frente a los pueblos indígenas en aislamiento»


Como podemos ver, acercarse a estos pueblos, cualquiera sea la razón, implicaría pasar por encima de una serie de derechos fundamentales, además de poner en riesgo tanto la vida de los PIA como la de quienes intentaran buscarlos. Por ello, obtener fotografías o videos directos de estas personas es algo que tiene muy pocas probabilidades de ocurrir, al menos en regiones como Loreto. Esta región se encuentra actualmente en un proceso relativamente reciente de reconocimiento de Reservas Indígenas, y muchos de los mecanismos destinados a su protección aún se encuentran en proceso de implementación. Esta situación también refleja otro aspecto importante: los encuentros entre estas poblaciones y la sociedad circundante son poco frecuentes, precisamente porque estos pueblos procuran mantener su condición de aislamiento dentro de los territorios que habitan. Escenario diferente viene sucediendo en otras regiones del país con reservas categorizadas hace ya más 30 años como Ucayali, Madre Dios y Cusco donde los avistamientos y contactos fortuitos han sido más frecuentes como pudo verse en algunas noticias televisivas o redes sociales y esto debido quizá porque los mecanismos de protección del Estado ya implementados por muchos años ha permitido el establecimiento de algunos patrones de contacto o reconocimiento de espacios, lo que ha permitido que se cuente con registro audiovisual.

Los estudios que se realizan para identificar la presencia de pueblos indígenas en aislamiento utilizan técnicas indirectas de investigación. Entre ellas se encuentran la recopilación de testimonios de personas que viven en poblaciones cercanas a las áreas señaladas en las solicitudes, el análisis de imágenes satelitales, sobrevuelos y la revisión de información histórica disponible. Para afirmar que un pueblo existe o que ha estado en un determinado territorio no es necesario verlo directamente ni obtener una fotografía. Esto es algo que disciplinas como la arqueología comprenden muy bien: al estudiar culturas del pasado lo hacen a partir de diversas evidencias indirectas. Nadie puede viajar al pasado para tomar fotografías de las personas que pertenecieron, por ejemplo, a la cultura Wari, y sin embargo su existencia no está en duda.

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Aun así, estas metodologías suelen generar escepticismo. Antes de entrar en un debate más amplio sobre qué puede considerarse científico y qué no, y dado que este es un espacio de opinión, me limitaré a expresar mi postura. El problema de fondo no es la ausencia de fotografías o videos. Incluso si existieran, siempre habrá intentos por poner en duda la existencia de los pueblos indígenas en aislamiento, especialmente mientras continúen existiendo presiones vinculadas a actividades económicas incompatibles con su protección y con el respeto de sus derechos. De esto se sabe desde los 90s con los Kugapakori y el gas de Camisea, nadie duda de su existencia ahora, pero sí de la voluntad de invisibilizarlos en ese momento.

El problema no se limita únicamente a los pueblos indígenas en situación de aislamiento. En realidad, forma parte de un fenómeno más amplio que afecta a los pueblos indígenas en general. Con frecuencia se intenta invisibilizarlos mediante argumentos como “ahora todos son mestizos” o afirmaciones que superponen o priorizan una identidad colectiva o regional sobre la indígena, y con ello superponen también derechos o acceso a determinados espacios, beneficios o intereses. Este tipo de discursos buscan diluir o relativizar la existencia de los pueblos indígenas y, con ello, cuestionar los derechos que les corresponden como pueblos. En ese sentido, el debate muchas veces deja de girar en torno a la evidencia.

El reconocimiento y la protección de los pueblos indígenas en situación de aislamiento no es una cuestión de opinión ni de sensibilidad cultural, sino una obligación legal del Estado peruano. Existen normas nacionales e instrumentos internacionales que establecen con claridad su derecho a la vida, al territorio y a la autodeterminación, así como el deber del Estado de garantizar su integridad evitando cualquier forma de contacto forzado o intervención indebida. La marcada tendencia y campañas que buscan negar su existencia o relativizar sus derechos no es una postura neutral: implica desconocer evidencia técnica acumulada, debilitar el marco jurídico vigente y abrir la puerta a actividades que pueden poner en riesgo su supervivencia. El debate, por tanto, no debe centrarse en creencias o percepciones, sino en el cumplimiento efectivo de las responsabilidades asumidas por el Estado y en el respeto irrestricto de los derechos fundamentales de estos pueblos.

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